Evangelio según la comunidad de Matero (18, 15 – 20)
“Si tu hermano llega a pecar, ve y corrígele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si también desoye a la comunidad, considéralo como al pagano y al publicano. Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo. Les aseguro también que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos”.
Querida hermana:
Quiero invitarte a hacer un ejercicio conmigo que, en algunas ocasiones —cuando la esencia del texto bíblico no se altera—, solemos realizar en los talleres de teología feminista. Vamos a hacer una relectura de este mismo pasaje, llevándolo deliberadamente al femenino, para dejar que la Ruah nos hable con mayor proximidad a nosotras las mujeres:
“Si tu hermana llega a pecar, ve y corrígela, a solas tú con ella. Si te escucha, habrás ganado a tu hermana. Si no te escucha, toma todavía contigo a una o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si las desoye a ellas, díselo a la comunidad. Y si también desoye a la comunidad, considérala como al pagano y al publicano. Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el cielo. Les aseguro también que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidas en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellas”.
Al hacer este sencillo ejercicio, la Palabra de Dios puede resonar en nosotras de manera más cercana, pues las mujeres tenemos ya un camino recorrido en la construcción de espacios seguros donde nos acompañamos, cuidamos y, ¿por qué no?, también nos corregimos cuando es necesario.
Desde los grupos de amigas, pasando por colectivos y agrupaciones populares, hasta llegar a organizarnos dentro de la propia Iglesia, las mujeres hemos aprendido a caminar juntas. Primero en la presencialidad y, ahora también, en la virtualidad. Frente al juicio patriarcal y machista, que tantas veces tiende a juzgarnos antes que escucharnos, estas redes se convierten en espacios vitales para nosotras, en los que, a través de la confianza y la escucha, intentamos alcanzar el modelo de vida comunitaria que nos propone Jesús: una comunidad que no es perfecta, pero sí sorora.
No obstante, en las sociedades capitalistas e individualistas en la que vivimos existen más realidades que desafían a las comunidades horizontales construidas por mujeres. En este contexto, las palabras de Jesús resuenan hoy con especial fuerza y nos invitan a fortalecer nuestro espíritu comunitario y sororo en tiempos líquidos, donde el debilitamiento de los vínculos se hace cada vez más evidente.
Hoy, más que nunca, es necesario recordar que Jesús no fue un hombre preocupado únicamente por su propio bienestar físico, emocional y espiritual, ajeno a la realidad de quienes le rodeaban. El llamado de Jesús a sus discípulos y discípulas es a construir relaciones genuinas, cimentadas en la comunión, la compasión y el cuidado.
Jesús rompe, además, con todo afán relativista o instrumentalista la fe e incluso, en uno de los escenarios más complejos de la vida comunitaria —como lo es la corrección sorora y fraterna—, nos invita a vivirla desde la sincera preocupación por la otra persona, siempre desde la misericordia.
Y aunque la tarea no es sencilla, es posible corregir sin herir, señalar sin humillar y respetar sin caer en la indiferencia.
Finalmente, es importante tener en cuenta que Jesús, que comió con publicanos y pecadores, nos llama a evitar que el vínculo se desgaste en el «chusmerío» o en «los dimes y diretes». Como decimos actualmente, cuando alguien no nos escucha o no quiere entender, nuestro último recurso es muchas veces decirle: “Te doy tu espacio”. De esta manera, confiamos en que la persona podrá comprender por sí misma sus acciones. Jesús, de cierta manera, nos invita a hacer lo mismo. Y también, para remendar el tejido roto nos llama a orar unas por otras, recordándonos que en la oración que nace del amor comunitario, el cielo y la tierra se encuentran: “Si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos”.
Que este texto evangélico sea para nosotras motivo de confianza y esperanza. Porque la clave en la vida cristiana es y será siempre el amor: la preocupación mutua, nacida de reconocernos hermanas y hermanos, parte de una misma comunidad y de una misma humanidad.
Y allí donde dos o tres se reúnen en su Nombre, desde el amor, el cuidado y la búsqueda del bien común, Jesús siempre estará presente.
Sandra Fernández Guzmán.